jueves, 26 de junio de 2014

Putrefacción institucional. Julio Hernández López

 Excusados
 Política mercantilizada
 Telepoderes garantes
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ACTO EN PALACIO NACIONAL. El presidente Enrique Peña Nieto saluda a integrantes de su gabinete y gobernadores, luego de la presentación del Programa Nacional de Derechos Humanos 2014-2018. En la imagen aparecen, entre otros, el titular de la STPS, Alfonso Navarrete (de espaldas), Salvador Jara (Michoacán), Egidio Torre (Tamaulipas), Javier Duarte (Veracruz), Francisco Olvera (Hidalgo) y Rodrigo Medina (Nuevo León)Foto José Antonio López
N
o es sólo ella. Ni su caso es el peor. Ha escandalizado por su condición de legisladora de ‘‘izquierda’’ que hacía punta en la lucha desde el Congreso contra los retorcimientos que de la mano de Los Pinos buscan favorecer al máximo poder televisivo, el de la empresa de Emilio Azcárraga, que históricamente ha frenado el desarrollo cívico y cultural de los mexicanos y se ha constituido en hiperactivo factor de poder que ayuda a la consolidación de los intereses de las cúpulas (ayudando y promoviendo a determinados personajes en busca de la Presidencia de la República y acallando y distorsionando las luchas sociales y electorales que tratan de cambiar ese entramado de complicidades en las alturas). Pero Purificación Carpinteyro es sólo un botón de muestra (imperdonable, vergonzoso, cínico) del grado de corrupción al que ha llegado el ejercicio de los cargos políticos en México y del nefasto entreveramiento de intereses empresariales y políticos en este país de descomposición galopante.
La ávida Purificación, urgida de hacer negocio a como dé lugar, es sólo una parte del complejo mundo de la izquierda mexicana que se ha permitido y promovido, la de las corrientes dominantes en el Partido de la Revolución Democrática, los Chuchos, los Bejaranos y las demás agrupaciones internas que por igual pelean por llegar a cargos y erarios desde los cuales seguir ‘‘haciendo política’’ a partir del dinero y con destino final en el dinero, en un círculo sin fin que perpetúa la corrupción administrativa (como ha sucedido en el Distrito Federal, ocupe quien ocupe la correspondiente jefatura de Gobierno) y excluye de la posibilidad de participación política a quienes carecen de dinero para ‘‘invertir’’. De esa cultura política trastocada no está exenta la construcción de Morena, donde la falta de recursos económicos fundacionales ha llevado a entregar ciertos seccionamientos regionales a patrocinadores que así se convierten en una suerte de franquiciatarios y donde sobreviven formas de la praxis compartida durante décadas con el perredismo que, a fin de cuentas, es su punto de referencia.
Del panismo es sabida su consustancial vocación por los negocios, con ejemplos extremos como el del llamado Jefe Diego, un abogado que ha utilizado sus relaciones políticas para promover personajes en la estructura del Poder Judicial y de la procuraduría federal de justicia, donde de manera agradecida son beneficiados los asuntos que promueve Fernández de Cevallos a través de su bufete divino, ganador muy frecuente de litigios a partir de la información privilegiada y los criterios jurisdiccionales bien aceitados. El más reciente escándalo de corrupción sabida entre panistas se dio en el caso de losmoches que legisladores de esa formación de derecha exigían a presidentes municipales para conseguirles apoyos presupuestales federales. Y ni qué decir de los negocios de Vicente Fox, su esposa Marta y la avispada parentela del par de enamorados del enriquecimiento súbito y fácil. Memorables también son las camisas azules y las manos negras (es el título de un revelador libro, ya clásico, de Ana Lilia Pérez) de la pandilla encabezada por Felipe Calderón, el funesto personaje que ha dicho que de la ‘‘guerra’’ contra el narcotráfico que desató no se arrepiente (él sigue con vida para decidir si se arrepiente o no, mientras 100 mil mexicanos fallecieron, la mayoría en condiciones terribles y sin merecer siquiera procesos judiciales de esclarecimiento de esas muertes).
Del PRI no hay mucho que insistir en el tema. Las más recientes reformas constitucionales son un banquete insano para voracidades sin fondo. La redacción de muchos de esos rubros se ha hecho pensando en la manera en que se reflejarán en ‘‘oportunidades’’ de negocio para inversionistas ‘‘amigos’’ que sabrán encontrar la forma (nada difícil de imaginar, en realidad) de compensar, por los favores recibidos, a los políticos complacientes. El peñismo, como el salinismo en su momento, tiene la vista tendida hacia el futuro y busca la manera de afianzar poderíos económicos, dependientes o asociados al poder político actual, que financien y apoyen a través de sus vertientes mediáticas (sobre todo Televisa, Televisión Azteca y los futuros receptores de las cadenas de transmisión abierta, con la alianza entre Grupo Toluca, Prisa, Grupo Mac y Reporte Índigo en espera del ‘‘milagro’’) la continuidad transexenal de este mismo grupo mexiquense-hidalguense que a su vez será garante de la continuidad de los negocios cedidos a capitales nacionales y extranjeros.
En ese viscoso contexto, el expediente Carpinteyro ayuda a los poderes mediáticos que en el tramo de las leyes reglamentarias de la reforma a las telecomunicaciones buscan acrecentar sus privilegios. Grave responsabilidad histórica de la diputada pillada urdiendo negocios relacionados con los temas sobre los que debe legislar, pero también de su partido, que ha pretendido refugiarse en la treta insuficiente de sacar del foro a la ex calderonista grabada en confesión de conflicto de intereses. No basta con una excusa en un escenario de excusados. Tampoco es suficiente enderezar las baterías contra las telebancadas y el villano propicio, el panista Javier Lozano (los legisladores llevados a curules y escaños por las televisoras para defender sus intereses es una aberración altamente dañina para el interés nacional, pero no sirve en este caso de excusa de la putrefacción exhibida por Purificación). El propio PRD debería anunciar el inicio de un proceso de separación de su bancada de esta diputada externa, nunca de izquierda, y demostrar con hechos que la propia postura de ese partido no está ya negociada, como en otros ámbitos, aparentando disidencias de cartón que finalmente dejan el paso libre a los triunfadores que luego generosamente pagarán esos servicios con tiempo en pantalla, comentarios amables en espacios ‘‘de opinión’’ y efectivo subterráneo para campañas y cuentas personales.
Y, mientras la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, llega de refuerzo para tratar de aparentar un marcador económico menos desastroso en México, ¡hasta mañana!
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