martes, 31 de diciembre de 2013

Mínima disgresión sobre Álvaro Rendón, 'El Feroz'




Viernes, 05 de Agosto de 2011 20:01

                                                                          Ronaldo González Valdés
 
No hace mucho ocurrió uno más de nuestros absurdos previsibles: el asesinato terrible e impune de Álvaro Rendón Moreno, nuestro bienamado Feroz. En la idea de que el tiempo no siga abonando a la impunidad infame, me tomaré el atrevimiento de intentar la hermenéutica elemental de un personaje sui generis, de un ser humano admirable y un extraordinario amigo. Lo haré en la clave que él soportaba en nuestras charlas hasta antes del tercer whisky, es decir, hasta antes de que nos ganara la dispersión gozosa de la celebración inmotivada y la plática sin más. Lo haré encareciendo la inapreciable amistad con que gratificó mi vida y la de todos los que lo tratamos, lo conocimos y lo quisimos tanto.
Ø Álvaro Rendón Moreno era un tipo especial. Un hombre que entendía el significado del desprendimiento y el sinsentido de los sacrificios absurdos que hacemos todos nosotros cuando, como dice Mircea Eliade, “inmolamos en la nada y en el sueño tantas intenciones, tantos pensamientos, tanta generosidad”. De aquí que podamos hablar de una noción ferociana del tiempo: hay que buscar los momentos de gracia, las horas de plenitud, hay que pelear por ellas de ser necesario (y siempre lo es), abrirles cancha entre las actas, los memoranda, las firmas y las horas-nalga-con-café en que se nos consumen los minutos, los días, los años. Nada justifica el sacrificio vacío de la búsqueda de nuestro propio misterio, ese que es el misterio de todos y que casi todos sacrificamos en el altar de la vida práctica, ay, tan desprovista de propósito existencial.
 
Ø Si algo he envidiado y envidiaré siempre de El Feroz, es esa inmunidad al piquete del terrible insecto invisible, diría Vivian Abenshushan, lacerante, metafísico incluso: el mosquito del vacío. Con él siempre había algo que hacer, algo que comentar, algo de que asombrarse cada día y por cualquier cosa. Con nuestro querido Feroz estaba claro que la trascendencia está justo ahí: en los pasajes simples de la vida, esos que se aprecian con la soltura de la mirada presta al descubrimiento. Por eso tan pronto preguntaba (y preguntaba inopinadamente, que es una formaferociana de preguntar) por el significado de la modernidad, la posmodernidad, la metafísica y la religión (hebrea, cristiana) como lo hacía por la mujer, la sensibilidad femenina, el beisbol o los misterios enormísimos del offside futbolero que jamás logró desentrañar.
 
 
Ø Dicen los antropólogos que tanto en la India como en Grecia (El Ferozhubiera dicho que también entre los romanos… ¡y los yoremes!), la lengua podía ser verdadera (vehículo de la tradición y de la razón) o vernácula(vehículo de la vida y de las emociones), una denotaba civilidad y otra “barbaridad”. Pues bien, Álvaro Rendón hablaba en las dos lenguas, su conversación fluía en clave civilizada y en clave bárbara, en lengua “verdadera” y en lengua “vernácula”: la razón, la tradición, la pasión y la vida corrían parejas en sus habituales disgresiones. Quizá por eso irradiaba carisma entre sus alumnos y sus amigos. Era nuestro erudito callejero, cercano ahora más que nunca a la leyenda urbana.
 
Ø No pocos de sus amigos solían (suelen) referirse a El Feroz como un lector infatigable, parecido al Kien de Auto de Fe de Canetti, celoso obsesivo de su biblioteca. Nada más lejano al temperamento ferociano: los libros son un fin, pero también, y sobre todo, son un medio (¿un medio en sí mismo?). Son un instrumento para acercarnos a la vida, a la plenitud y a la gracia de la vida. El libro contiene energía, a veces una colosal energía, para entristecernos o alegrarnos, para calentarnos o enfriarnos, para enamorarnos o desencantarnos, para abrumarnos o descargarnos de agobios. Acaso su idea del libro fuera, en consecuencia, también vital, técnica y hasta utilitarista: la lectura nos debe ayudar a sentir el mundo, a sentirnos a nosotros mismos, a sentir a los demás, a sentir las estaciones del año, la comida y la bebida, la infancia, la adolescencia y la vejez, la demencia y la cordura, el odio y el amor, la pérdida y el hallazgo, el pasado y el presente (y la adivinanza del futuro), a disfrutar y amar la vida y también a temerla y evitar disolvernos en el tráfago de su dimensión convencional, ordinaria y, al final del día, estéril.
Nos duele El Feroz. Nos duele mucho a todos sus amigos, a todas sus amigas. Nos duele Álvaro Rendón Moreno porque era nuestro Feroz, era lo más cercano a la encarnación de aquel texto ininterrumpido de la metafísica borgiana. Seguiremos leyendo sus libros y escribiendo El Libro del universo junto con él: extrañáremos terriblemente su voz, sus gestos, su talante humano, demasiado humano, su conversación jocosa y alegre y sin embargo rigurosa e informada. Extrañáremos su fatigar de calles, su modito de mover el cigarro entre los dedos, su soliloquio impune y descarado por las esquinas, su sonrisa interrogadora de siempre, su mirada pícara y buena, su manera de hacernos apreciar los momentos plenos y su amistad inapelable, rotunda e incondicional. ¡Extrañaré esa copa siempre hipotética del one single malt para decir salud, mi queridísimo Feroz!   

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