lunes, 17 de diciembre de 2012

La provocación del primer día. Adolfo Gilly

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Los hechos violentos en la ciudad de México el día de la toma de posesión de la Presidencia de la República por Enrique Peña Nieto fueron producto de una bien preparada provocación contra la ciudad, sus habitantes, el movimiento estudiantil y la vida democrática. Quedarán registrados, al igual del afamado error de diciembre de 1994, como la provocación de diciembre. Múltiples testimonios estudiantiles y ciudadanos sustentan el relato que sigue.
Desde junio de 2012, semanas antes de la elección del 1º de julio, se estableció en el Monumento a la Revolución un campamento de protesta que se llamó Acampada Revolución. Era un espacio abierto, al cual se sumaron no sólo estudiantes, sino también vecinos y otras personas que se dijeron solidarios con los estudiantes. En el desarrollo de la campaña esta actividad resultaba normal y no surgieron de allí actos violentos.
Semanas antes del 1º de diciembre, en el marco de la llamada lucha contra la imposición, el campamento experimentó la afluencia de unas decenas adicionales de participantes (entre 40 y 60 personas, dicen los testigos). Fueron bien recibidos, en la creencia de que el descontento y la protesta iba creciendo a medida que se aproximaba el 1º de diciembre, supuesto que en la vida de la ciudad ningún hecho significativo corroboraba. La impugnación de los resultados electorales iba adelante por la correspondiente vía jurídica.
Cuando faltaban pocos días para la ceremonia en San Lázaro algunos de esos nuevos participantes comenzaron a dar cursos de uso de arcos y flechas con fines de autodefensa. Por voluntad, fantasía o inexperiencia estaban atizando una disposición al choque violento. Hay que estar preparados por si nos atacan, decían.
Una semana antes del 1º de diciembre la Policía Federal estableció su imponente cerco de vallas metálicas en torno al Palacio Legislativo de San Lázaro, cubriendo varias calles de distancia. Semejante despliegue de fuerza estaba creando un clima de confrontación y zozobra. Las protestas de los vecinos obligaron a un repliegue parcial del cerco policial, pero no al retiro.
El escenario de la violencia estaba montado. Tal despliegue, inusitado y no necesario, era un anuncio y una invitación a la confrontación. La Policía Federal estaba aún bajo el mando de Genaro García Luna.
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El 1º de diciembre en las muy primeras horas de la madrugada llegaron al monumento unos cuantos de esos mismos. Traían unos carritos de supermercado cargados de botellas, materiales inflamables (termita, entre ellos), huacales, palos de beisbol y mochilas también cargadas. Muchos de los estudiantes no estuvieron de acuerdo, pero tampoco pudieron impedir que esos partidarios de la violencia defensiva, sinceros o simuladores, se sumaran a la marcha. Los estudiantes del Movimiento de Aspirantes de la Educación Superior, entre otros grupos, se retiraron.
La justificación de los preparados para la defensa estaba servida. La Policía Federal había establecido desde una semana antes su enorme, innecesario y amenazante cerco en torno a San Lázaro. Era un desafío a la población y en sí mismo una provocación al choque. Desde ese cerco estaba decretado que para el 1º de diciembre se esperaba violencia y la habría. Era la mecha puesta para que cualquiera la encendiera y se desataran violencia y descontrol. Y hubo quien llegó con el encargo de pegarle el fuego.
En las redes sociales circularon invitaciones como ésta:
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Del Monumento a la Revolución, a las 4:30 de ese día, salió rumbo a San Lázaro una marcha de unas 300 a 350 personas. En vano trataron muchos de los presentes de disuadir a los defensivos para que dejaran sus artefactos. Algunos entonces se retiraron. A otros los retuvo el desafío macho: ¿Qué, tienen miedo? ¡Que se vayan los cobardes! No va a pasar nada, es sólo para defendernos si nos atacan.
Esta reducida columna llegó a San Lázaro a las 5:45. Allí, a prudente distancia de la valla metálica, ya estaba un contingente de la CNTE, menos de 2 mil personas entre hombres, mujeres y niños en pacífico plantón. Se estaban formando en orden, lejos de la imponente valla metálica. Tardaron como una hora en acomodarse y allí permanecieron, sin avanzar.
El grupo que venía desde el monumento esperó. Por fin alguien decidió que era tiempo de ir adelante y junto con otros grupos, venidos de rumbos desconocidos, se arrancaron a las 7 horas y desfilaron junto a la valla metálica, golpeándola con palos en gran estruendo. Quienes por inexperiencia, violencia o malevolencia desencadenaron esta acción estaban en realidad calentando los ánimos de los policías federales para lo que vendría después.
Resultó entonces que, casualmente, uno de los paneles de la sólida valla metálica de tres metros de altura estaba flojo. Apareció una cuerda con un gancho de tres puntas en su extremo, engancharon ese panel, lo derribaron y se abrió el hueco. Eran pasadas las 7 y otros manifestantes, ajenos al primer grupo, se acercaban desde la estación de Metrobús.
Algunos del primer grupo empezaron a arrojar piedras a los federales y éstos las devolvían. Siguieron las botellas con líquido inflamable y otros proyectiles con el material flamable termita. Entonces los federales avanzaron hacia la valla y, por ese mismo trecho abierto, comenzaron a disparar balas de goma y cartuchos de gases lacrimógenos a la altura de los cuerpos y en tiro directo. Entretanto el ambiente se había vuelto irrespirable.
Una bala de goma dio en el rostro a Juan Uriel Sandoval Díaz, de 22 años de edad, y le sacó un ojo. Un cartucho de gas dio en la frente a Juan Francisco Kuy Kendall de 67 años, quien sigue en coma. Así fue como en mayo de 2004 la policía del estado de México mató en San Salvador Atenco a Alexis Benhumea. ¿Recuerdan?
Ante tal violencia, los estudiantes que quedaban se replegaron, como antes los maestros, mientras los violentos les gritaban: pinches charros pendejos, se van. El gas pimienta impedía respirar y los pañuelos mojados no bastaban. Cuenta Trinidad Ramírez –doña Trini–, dirigente de Atenco, que ella, al igual que otros, trató de contener con razones a los violentos. Uno de los encapuchados le respondió: ¡Cállese, pinche vieja!. La provocación estaba en su apogeo. Testimonios similares se cuentan por docenas.
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Según múltiples testigos, el primer choque tuvo lugar desde las 7 hasta las 7:25. Diez minutos después, a las 7:35, se inició un segundo enfrentamiento. Concluyó en punto de las ocho. Siguieron intercambios de gritos y amenazas. Algunos estudiantes se acercaron a la valla y por entre las rejillas metálicas pudieron ver, reconocer y fotografiar al menos a dos civiles de los que habían venido desde el Monumento a la Revolución, uno narizón, el otro gordo, departiendo con los federales y riendo y abrazándose entre sí. Sus siluetas y sus rostros aparecen en una foto publicada en La Jornada en la columna de Julio Hernández López. Si las autoridades quieren sus nombres no tienen más que buscarlos en sus registros.
A las 10 de la mañana apareció un camión de basura, conducido por un encapuchado y con otros cinco o seis en la caja. El camión enfiló hacia la valla. Los que iban trepados en la caja se bajaron. El conductor iba con su puerta abierta. Lanzó el pesado vehículo contra la valla y, metros antes del impacto, se arrojó fuera, cual James Dean en Rebelde sin causa.
Allí se multiplicaron los disparos de gas pimienta y otros grupos de encapuchados empezaron a destruir todo el mobiliario urbano a su alcance en los alrededores: casetas, postes de señalización, paneles de publicidad. La estación San Lázaro del Metrobús quedó hecha trizas. Algunos vecinos se asomaban por las rendijas de puertas y ventanas y miraban con azoro la destrucción irracional de su entorno cotidiano.
Poco después llegó un carro de bomberos a apagar el fuego del camión de basura. Un grupo de encapuchados quiso tomarlo e impedir su tarea, otros querían secuestrarlo para ellos. Por fin lo abandonaron con el parabrisas roto y la carrocería dañada. Las ambulancias se llevaron a los heridos de gravedad.
Un grupo de violentos desconocidos, enarbolando playeras con manchas rojas y diciéndoles que no fueran cobardes y no abandonaran a sus compañeros heridos. trataba de impedir la salida a quienes querían alejarse de un enfrentamiento absurdo, cuya razón de ser bien conocían los organizadores de esta provocación que algunos se atrevieron a llamar la batalla de San Lázaro.
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La violencia desencadenada después en el centro de la ciudad es otra historia. Fueron destruídos metódicamente vidrios y mobiliario de los negocios de avenida Juárez al menos durante un cuarto de hora sin que la policía moviera un dedo. Entonces desde el gobierno de la ciudad, todavía bajo el mando de Marcelo Ebrard, se dio a la policía del Distrito Federal la orden de reprimir y ésta se lanzó, no sobre los destructores de vitrinas, sino sobre los transeúntes y el público, joven o viejo, en la plaza de Bellas Artes y en La Alameda. Así suscitó la reacción defensiva de ese público y la respuesta irracional y enardecida de los policías, que detenían a quienes se ponían a su alcance, a quienes les reclamaban su proceder o a quienes nomás tomaban fotografías. Todo está registrado en fotos, videos y cámaras de vigilancia.
Esa tarde Marcelo Ebrard declaró por tres veces que los sucesos de Bellas Artes y La Alameda habían sido producto de una provocación. No dijo de dónde provenía y por qué cayó en ella.
No veo razón para que el nuevo jefe de Gobierno, y con él la ciudad entera, acepte heredar las consecuencias de las grandes provocaciones del 1º de diciembre contra la ciudad, los estudiantes y el gobierno capitalino entrante días después, el 5 de diciembre. Es razón y es justicia desistirse de la acción penal en todos los casos pendientes y poner en libertad a los 14 presos políticos restantes, única decisión equitativa ante la perversa confusión creada por las burdas provocaciones de ese primer día del nuevo sexenio.

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