lunes, 31 de mayo de 2010

No sólo los traiciona, ahora los pasea : "Los caudillos de la independencia dejan el Ángel"

Traslado de los héroes de la patria

Es la cuarta ocasión en que cambian de lugar los restos de los próceres

“Como que algo le faltó a la ceremonia; debió haber sido más simbolica”


El presidente de la Corte, Guillermo Ortiz, y el jefe del Ejecutivo, Felipe Calderón, durante la guardia de honor a los héroes de IndependenciaFoto Cristina Rodríguez
Alonso Urrutia, Claudia Herrera y Mónica Mateos

Periódico La Jornada
Lunes 31 de mayo de 2010, p. 2
Desde que Plutarco Elías Calles recuperó en 1925 los restos de los héroes nacionales que estaban en la Catedral Metropolitana para trasladarlos al sepulcro laico y oficial del Ángel de la Independencia, no se había vuelto a ver un cortejo con esas urnas.

“Mira, ahí va Hidalgo”, explicó una mujer a su hijo, señalando los cuatro cráneos que en urna transparente encabezaban el desfile resguardado por militares rumbo a su morada temporal en el Castillo de Chapultepec.

La solemnidad con que el presidente Felipe Calderón y el público veneraban a los héroes en una de las ceremonias más relevantes de las fiestas del bicentenario de la Independencia estuvo marcada por gritos que recordaron los saldos de la historia contemporánea: “espurio”, “vendepatrias”, “asesino”, increpaban desde lejos integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas.

“Si no respetan al Presidente, por lo menos respeten a la bandera”, les reprochó una joven para quien el momento histórico merecía mayor sobriedad.

–“Él les fue a poner flores a los soldados gringos que estuvieron en México, señora, eso sí es traición a la patria”, reviró un sindicalista que encabezaba a una decena de inconformes con el régimen de Calderón, lo cual hizo más notoria su presencia durante el minuto de silencio en memoria de los héroes patrios.

Aunque los gritos eran aislados y a distancia, fueron suficientes para alterar el ritmo del discurso presidencial. Con el rostro endurecido, el jefe del Ejecutivo, que iba con la banda al pecho, subió el tono de su arenga.

“Hoy México es un país soberano, libre, capaz de elegir su propio destino; una nación democrática en la que existe libertad de opinar, de criticar, de disentir; libertad de organizarse para luchar por las ideas, de elegir a los gobernantes y a los representantes; con un sistema político de pesos-contrapesos que equilibre el ejercicio del poder, y que es el antídoto más eficaz de las decisiones arbitrarias”, resaltó.

Desde temprano el control estuvo a cargo de mil 600 militares y marinos, que coparon los espacios privilegiados para atestiguar el momento histórico. Sólo el gabinete y algunos representantes de los otros poderes pudieron observar la ceremonia, que dio pie al traslado de las osamentas para su estudio.

En hora y media transcurrió el homenaje que ha suscitado críticas entre políticos e intelectuales por la exposición de los caudillos insurgentes: Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, José María Morelos y Pavón, Mariano Matamoros, Mariano Jiménez, Francisco Xavier Mina, Vicente Guerrero, Leona Vicario, Andrés Quintana Roo, Nicolás Bravo y Guadalupe Victoria.

Fue la cuarta ocasión en que los huesos de los libertadores cambiaron de lugar, según la versión de la historiadora María del Carmen Vázquez Mantecón en su estudio Las reliquias y sus héroes. En primera instancia fueron trasladados de diversos estados a la bóveda del Altar de los Reyes de la Catedral Metropolitana, donde permanecieron desde 1823 hasta 1895, cuando fueron movidos a la capilla de San José, del mismo recinto religioso, para salvaguardarlos del abandono en que estaban, durante una ceremonia fastuosa encabezada por Porfirio Díaz.
En 1925 Plutarco Elías Calles, el artífice de la creación del PRI y conocido por sus recelos con la Iglesia católica, ordenó su traslado al Ángel de la Independencia, en una procesión en la que se eliminó cualquier referencia religiosa. El presidente se dio el lujo, según la historiadora, de dejar una tarjeta personal dentro de la urna que contiene los cuatro cráneos que ayer fueron nuevamente mostrados.

Ochenta y cinco años después, Calderón aludió a la gesta heroica para llamar a festejar jubilosos a la patria y preservar “nuestra sagrada libertad”.

Para los invitados oficiales la solemnidad se acompañó del negro de la vestimenta propia de ocasiones fúnebres. Hubo quienes, como el priísta Francisco Arroyo Vieyra, vicepresidente de la Cámara de Diputados, complementaron su atuendo con gafas negras.

Para muchos entre el público, el acto patriótico mereció portar la playera de la Selección Mexicana de futbol, que a esa hora ya iniciaba su juego contra Gambia y quitó reflectores mediáticos a la exhumación. El despliegue de recursos oficiales, que incluyó vallas, arcos detectores de metales y equipo para la transmisión en televisión de paga, tuvo limitado alcance, pues a esa hora los consorcios explotaban otro tipo de patriotismo bastante más rentable.

Desde las macropantallas se observó cómo los cadetes del Colegio Militar extraían la urna sobre la cual brillaba el águila republicana y que contenía los cráneos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, cuyas cabezas fueron exhibidas en la Alhóndiga de Granaditas para escarmiento de quienes se rebelaran contra los españoles.

A saber si era por el peso de la urna o de la historia, pero fue la que más se balanceó en los brazos de los militares mientras Calderón, el presidente de la Suprema Corte, Guillermo Ortiz Mayagoitia, y Arroyo Vieyra montaban guardia en las escalinatas.

La gente común estuvo detrás, mirando las enormes pantallas y esperando el momento del recorrido por Paseo de la Reforma, para solamente de manera fugaz observar las nueve cajas colocadas en vehículos militares y resguardadas por cadetes a caballo.

¿Qué le pareció la ceremonia? “Como que le faltó algo. Debió haber sido más simbólica”, respondió Luis García, comerciante, quien cuestionó: “¿por qué no incluyeron a Cuauhtémoc o a Moctezuma y a Cuitláhuac? Ellos también lucharon por la Independencia. Nosotros no somos mexicanos desde hace 200 años.”

Hacia el final, mientras algunos padres aprovechaban para contarles anécdotas históricas a sus hijos, otros lanzaban claveles blancos al cortejo, que fueron repartidos previamente por los organizadores. Cuando salió el Presidente a rendir otro homenaje, pero en privado, en el Castillo de Chapultepec, se retiraron las vallas y las personas formaron largas filas para acceder al mausoleo, despojado temporalmente de su principal atractivo.

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