martes, 16 de marzo de 2010

Mentirosos, cínicos y perversos


Julio Pimentel Ramírez

En México somos testigos del grave proceso de podredumbre, de descomposición de gran parte de la clase política nacional al quedar al desnudo no solamente el pacto cupular del PRI y del PAN que negociaron inmunidad electoral para Enrique Peña Nieto a cambio de mayores impuestos, precios y tarifas para el gobierno espurio de Felipe Calderón, sino también la forma cínica, desvergonzada, llena de mentiras cruzadas desde todos los bandos, en que dirigentes partidarios y funcionarios públicos intercambian dimes y diretes.




Así vemos que mientras los carteles del narcotráfico se confrontan de manera sangrienta en su disputa plaza por plaza del millonario mercado y rutas del trasiego de drogas, los grupos de la mafia de la política dirimen sus contradicciones secundarias acribillándose con descalificativos y argumentos falaces que mal ocultan sus apetitos de poder de cara a las elecciones presidenciales del 2012.


Antes de continuar con este comentario es pertinente subrayar que más allá de estos fuegos fatuos, de este circo de la política, de este montaje de una burda comedia, se encuentra una clase política -PAN y PRI en primer lugar, sin olvidar otras formaciones y corrientes partidarias- y sus cúpulas al servicio de los intereses de la oligarquía neoliberal dominante, cada vez más alejada de las necesidades del pueblo mexicano y de una sociedad verdaderamente democrática. En el colmo del cinismo el PRI le espeta a los blanquiazules que Calderón se encuentra en Los Pinos gracias a un pacto entre ambos partidos, reconocimiento que evidencia no solamente el carácter espurio de la actual administración federal sino también la debilidad democrática de los órganos electorales que validaron el fraude del 2006.


César Augusto Santiago, también priísta, con el pretexto de pregonar la pertinencia de esa clase de acuerdos políticos, lanzó un ataque mayor al titular ilegítimo del Ejecutivo federal: “Gracias a uno de esos acuerdos –dijo– está sentado Felipe Calderón en una silla que yo personalmente no acepto”, en referencia a la convalidación, por parte del PRI, del impugnado y fraudulento triunfo electoral del michoacano en los comicios de 2006.


Pero, al sacar a relucir la falta de legitimidad del gobierno calderonista, implícitamente Santiago descalificó, en conjunto, el proceder de las instituciones –el Instituto Federal Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación– que dieron por buena una elección viciada y cuestionada por un amplio sector de la ciudadanía, así como el nulo compromiso de su propio partido y de Acción Nacional con el postulado fundamental de la democracia: se llega a los puestos de representación popular por medio de sufragios, no de acuerdos secretos.


No cabe duda que los tricolores tienen mayor experiencia en el manejo de los albañales de la política que los bisoños pero no menos corruptos y envilecidos panistas. Beatriz Paredes, presidenta del PRI, subió a la tribuna de San Lázaro a defender el acuerdo suscrito el 30 de octubre del año pasado entre ella y el líder nacional del PAN, César Nava. Contrariamente a lo expresado por el panista la semana pasada, la ex gobernadora de Tlaxcala señaló que en dicho pacto no hubo ninguna negociación que vinculara la aprobación de la Ley de Ingresos 2010, ni que vetara las alianzas políticas entre el PAN y el PRD -si bien en el documento se lee que las partes se abstendrán de formar coaliciones electorales con otros partidos políticos cuya ideología y principios sean contrarios a los establecidos en sus respectivas declaraciones de principios– e indicó que se trató solamente de un acuerdo de civilidad política.


Las declaraciones de la también diputada Beatriz Paredes, además de un intento por justificar un pacto impresentable y ominoso para la ciudadanía, constituyen una muestra más del deterioro institucional, la cultura del engaño y la descomposición moral que priva en los partidos en general, y en el PRI en particular. Porque, se haya hecho explícita o no en el referido documento, es innegable la connivencia mostrada por legisladores del tricolor y del blanquiazul durante las negociaciones del paquete económico para este año, que concluyó con un alza generalizada de gravámenes para los contribuyentes cautivos: con ello, el PRI falló a una de sus principales promesas de campaña e incurrió, por tanto, en un acto de traición hacia sus votantes.


En medio de este lodazal, de este festín de cinismo, desvergüenza y mentiras, la dirigencia del PRD no “canta mal las rancheras” y se suma al espectáculo de acrobacias políticas al hacer caso omiso de este pacto en lo oscurito del PAN y del PRI que afectó con más impuestos y alza de tarifas los bolsillos de los contribuyentes y consumidores, deteriorando el ya de por sí precario nivel de vida de los mexicanos, en aras de alianzas con el blanquiazul en elecciones locales de este año.


En fin, la discusión pública de los acuerdos entre el PRI y el PAN ha significado un deterioro adicional a la credibilidad, de por sí maltrecha, de un gobierno ilegítimo de origen y de una clase política empeñada en repartos de poder y cada vez más alejada de la sociedad. En un régimen verdaderamente democrático, que exigiera cuentas claras y cotidianas a los funcionarios públicos, deberían renunciar varios de los actores de este episodio de mentiras y traiciones, no solamente entre ellos sino, lo principal, al pueblo de México: en primer lugar Felipe Calderón.

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