lunes, 11 de agosto de 2014

La dignidad y los diputados .- Bernardo Bátiz V.


L
os diputados tienen el alto honor de ser representantes de la nación, así lo dispone el artículo 51 constitucional; sin embargo, no todos lo recuerdan y muy pocos, hoy contadísimos, aceptan esa alta responsabilidad y la cumplen a cabalidad, con dignidad y patriotismo. Uno de estos casos lo constituye la actitud del diputado Ricardo Monreal, al devolver un verdadero soborno entregado a su grupo parlamentario, al igual que a otros grupos, con motivo de la discusión de las leyes secundarias de las reformas constitucionales en materia de energéticos. Su conducta es un ejemplo de lo que debe ser un legislador que actúa con libertad y con responsabilidad.
La 57 legislatura ya hace algunos años, pero hay que recordarlo porque fue un hecho histórico y un paso en el camino a la democracia y al estado de derecho, se instaló sin un solo diputado del PRI, con únicamente diputados de oposición, PRD, PAN y otros, los demás partidos llamados pequeños. Formé parte de esa legislatura como diputado externo del PRD, de la franja ciudadana, como la llamaba Porfirio Muñoz Ledo, y por ello actor y testigo del acontecimiento único hasta entonces de cumplimiento cabal de nuestra legislación constitucional.
Fue un acto de derecho público, oportuno, acertado y audaz; no se sabía qué iba a pasar, hasta dónde resistiría el sistema y si estarían los priístas dispuestos a soportar ser minoría frente a los legisladores de los partidos minoritarios, que juntos hacíamos la mayoría. Por cierto, ya instalada la cámara, a la primera sesión, se presentaron cumpliendo con su deber, solamente dos priístas y uno de ellos fue precisamente Ricardo Monreal, que entonces militaba en el partido mayoritario.
El primer periodo de sesiones fue tenso, pero fructífero para la democracia; lamentablemente el largo receso fue bien aprovechado por los agentes del sistema, que hicieron su soterrada labor; y al siguiente periodo de sesiones la sorpresa fue que la oposición llegó dividida, con algunos grupos domesticados y no se volvió a lograr un frente unido como el del día histórico de la instalación.
Un cínico de entonces hizo correr como un mal chiste, el vergonzoso apotegma según el cual, en política, lo que se vende es más barato. Entonces, muchos votos de diputados de los grupos minoritarios, fueron cotizados en ese mercado de la ignominia, en el que también tenían su precio las abstenciones o las ausencias en el momento preciso de tomar la votación. No era una novedad, pero a partir de entonces, la práctica de “gratificar “a los legisladores y a los grupos parlamentarios por sus actitudes y por sus votos pasó a formar parte de la picaresca constitucional.
Ricardo Monreal al devolver los 15 millones de pesos, que sin causa legítima o razón se entregaron al pequeño grupo parlamentario que él encabeza, da un ejemplo de dignidad y valor civil, de honradez y respeto al cargo que ostenta de representante de la nación. Por ahí, de paso, pone en un predicamento a los demás grupos legislativos, que hasta donde se sabe sencillamente se embolsaron lo que les tocó en el reparto.
Durante las elecciones federales pasadas a los votantes pobres se les compraron sus votos con una despensa o una tarjeta Soriana; ni más ni menos, sólo que más bien pagados, se compran los votos de los legisladores y las posiciones de grupos parlamentarios enteros, con el precio de jugosos bonos, que no pagan impuestos, que no tienen que justificarse contablemente y que pasan como dinero lavado a sus bolsillos y cuentas personales.
Esta forma de legislar, lamentablemente generalizada, tan vergonzosa, tan reprobable, no sólo manchan la historia personal de los legisladores que reciben el soborno, también pervierte las instituciones, de por sí desprestigiadas y convierte al parlamento, que debía de ser la más alta expresión de la soberanía popular, en un verdadero mercado en el que la paga anula libertad y dignidad del representante popular y atropella el principio de representación, que es esencial en un sistema democrático como el que nuestras leyes describen y nuestra realidad contradice.
Un caso extremo de este extravío fue el de varios legisladores del estado de Tabasco que, olvidando que son representantes de la nación –esto es, de todos los mexicanos y de sus intereses comunes– declinaron su voto en favor de la posición de sus contrincantes políticos, contra lo que habían argumentado con vigor, porque así se los pidió el gobernador de su estado, apremiado también por necesidades económicas. Parece que el dinero se volvió la razón fundamental de las posiciones políticas en nuestro ambiente público enrarecido.
De mal en peor vamos; pero actitudes de dignidad y reclamos públicos, como acontecieron, así sea en forma excepcional, tanto en la Cámara de Diputados, caso Monreal, como en la de Senadores, alientan la esperanza que tenemos muchos de que aún es posible la regeneración de México.


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