lunes, 13 de mayo de 2013

Zombicracia. Jaime Avilés






En su discurso de toma de posesión como integrante de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas, la doctora Alicia Puyana Mutis denunció el patente divorcio que existe entre las teorías neoliberales y la realidad.

    Las ideas que apostaron todo a que el mercado regularía las relaciones entre los componentes de la sociedad y generarían riqueza y bienestar sin la intervención del Estado, dijo, son ideas muertas porque han probado su ineficacia y su inoperancia.ç

    Sin embargo, como los organismos rectores del capitalismo global, sus actores políticos y sus académicos se empeñan en mantenerlas vigentes, son también ideas vivas, esto es, resume la doctora citando a John Quiggin, son ideas vivas y muertas al mismo tiempo, en otras palabras son “ideas zombis”.

    Aunque ustedes no lo crean, la crítica a eso que los legos en materia económica llamamos “neoliberalismo salvaje” arrancó en 1988, cuando la Sociedad Americana de Economistas (si es así como se traduce American Economic Association) “formó una comisión para valorar los programas de posgrado en teoría económica” de las universidades de Estados Unidos y obtuvo conclusiones deprimentes.

    Estos programas “producen generaciones de idiot savants (tontos cultos), muy duchos en técnicas pero [incapaces de comprender] los hechos económicos reales”, porque las instituciones que los forman no les enseñan “historia, filosofía, geografía, ni por supuesto teoría económica y mucho menos a leer a los clásicos”.

    O sea que, en 1988, 15 años después del golpe en Chile, que inauguró el primer laboratorio del neoliberalismo en el planeta, la Sociedad Americana de Economistas descubrió que a las nuevas generaciones de estudiantes de economía únicamente les enseñaban eso... neoliberalismo. 

    Y 12 años después, en septiembre de 2000, los estudiantes de economía de la Escuela Normal Superior de Francia, prosigue la doctora, “protestaron contra la excesiva formalización matemática en la enseñanza de teoría económica, no por rechazo o miedo a las matemáticas, sino por la esquizofrenia creada al entronizar (...) la teoría a espaldas de la realidad.

    En México, este concepto tuvo su traducción propia a nuestra forma de ser: “si la teoría no se ajusta a la realidad, peor para la realidad”. En un breve y sustacioso repaso de las teorías económicas predominantes a partir del Martes Negro de 1929, la doctora Puyana señala tres etapas (o más bien cuatro) que no nos cae nada mal recordar.

    La crisis de la años treinta, conocida como la Gran Depresión, “acabó con la Ley de Say (según la cual) todo lo que se produce se vende”, pero también puso fin a la creencia de que sólo “el mercado puede regular la economía y realizar los ajustes necesarios para superar los ciclos (porque) el colapso del mercado de valores, el estancamiento económico y la caída en la demanda hicieron evidente la necesidad de la intervención estatal” y eso obviamente fue lo que puso a Keynes en el ombligo del mundo.

    Abunda la doctora Puyana: “Keynes comprendió que la crisis representaba algo más que un episodio y que para funcionar bien, el sistema capitalista necesita una agencia, el Estado, que actúe imprimiendo dinero e invirtiendo para mantener el empleo y sostener la demanda”. Y aquí brinca desde el fondo de la memoria lo que dijo Colosio en 1994 semanas antes de que lo asesinara Zedillo: “Es el momento de regresar a Keynes”.

    Pues bien, las ideas económicas de Keynes fueron la base de la política del New Deal que aplicó Teodoro Roosevelt (y que en vísperas de su segunda campaña presidencial animaron el discurso de Andrés Manuel López Obrador), pero, según doña Puyana, “al retirar prematuramente los estímulos del New Deal, la economía estadounidense volvió a declinar y sólo se recuperó con el gasto militar de la Segunda Guerra Mundial”. 

    No obstante, las ideas keynesianas predominaron después de la guerra y hasta los inicios de los años setenta, un período que fue denominado como “la edad de oro del capitalismo, en la cual, todos los países desarrollados o en desarrollo, crecieron a tasas no recordadas”. Pero esto, añade la economista colombiana, exprimió las fuentes de recursos naturales (especialmente las del petróleo) y aceleró la inflación. 

    Sin mencionar una sola vez a Milton Friedman, Puyana precisa que a partir de los años setenta dejaron de aplicarse políticas económicas para fomentar el empleo por medio del gasto público y se idealizó el desempleo masivo como “una gran vacación colectiva”. 

    Paralelamente, los países productores de petróleo que engolosinados por sus enormes ganancias se endeudaron a morir, se vinieron abajo cuando cayeron los precios de los hidrocarburos y tuvieron que vender las empresas públicas y las riquezas nacionales a los rectores de la economía mundial y a sus beneficiarios.

    Esa de los años ochenta (en México, la de De la Madrid y Salinas) fue llamada “la década perdida”, debido al altísimo costo que pagaron los países endeudados y al fracaso de las reformas estructurales que “eliminaron solamente las restricciones” que impedían al Estado intervenir en el mercado, pero mantuvieron intactos los privilegios del capital privado, tales como la concentración de la riqueza, de la producción, del conocimiento y del comercio entre muy pocos individuos y grupos.

    Desde entonces dominaron el mundo de las ideas dos gigantes: el mercado y el individualismo y quedó inaugurada la era de la Gran Moderación, que transcurrió de principios de los 80 hasta 2007. 

    Popularizado en 2004 por Ben Bernake, el concepto de la Gran Moderación “se refiere a la reducción de la inestabilidad de los precios y fue blandido como la confirmación empírica del éxito del neoliberalismo” a partir de la restricción monetaria (o reducción del dinero circulante) y la autonomía de los bancos nacionales con respecto de los gobiernos, lo que propició que hubiese “dinero fácil, mercadoss desregulados, monedas revaluadas, importaciones baratas y menores choques externos”. 

    Pero todo esto se desplomó entre 2007 y 2008 cuando el estallido de las burbujas especulativas en Estados Unidos y Europa acabó con la Gran Moderación y detonó la Crisis Financiera que multiplicó exponencialmente los índices de desempleo, pobreza y precarización en los países de occidente lo que, según dijo Allan Greenspan en 2009, se debió “al colapso del comunismo que al instaurar el dominio del capitalismo y de la economía de mercado en todo el mundo, expuso a Estados Unidos a la competencia con países de menores costos, que ahorran demasiado y gastan muy poco, especialmente China”.

    Cinco años después del estallido de la Crisis Financiera, la doctora Puyana se pregunta si se vislumbra un nuevo modelo económico “o al menos una nueva arquitectura financiera internacional”, pero su respuesta es escéptica y la sintetiza citando a John Quiggin: “Algunas ideas sobreviven porque son útiles. Otras mueren y se olvidan, otras son difíciles de eliminar, incluso cuando se ha demostrado que son erróneas y peligrosas. No están ni vivas ni muertas, son muertos vivientes o ideas zombis”.

    Al conmemorarse en este día el primer aniversario de la rebelión de los estudiantes de la Ibero, que en su protesta implícitamente exigieron teorías y políticas públicas que dejen de dar la espalda a la realidad, queda claro que la imposición fraudulenta de Peña Nieto demuestra que para mantener un régimen de opresión basado en ideas zombis lo ideal es contar con un zombi que funja como hongo al frente del gobierno. Ahora bien, si algo se ofrece, estaré en Twitter en la cuenta @Desfiladero132, que debe su nombre a los fundadores de ese movimiento juvenil que sigue luchando por la abolición de la zombicracia.
 

Publicado el Sábado, 11 Mayo 2013 01:30

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