miércoles, 1 de febrero de 2012

Neoanticlericalismo en México


Bernardo Barranco
El debate en torno al artículo 24 de la Constitución nos ha mostrado la conformación de nuevos grupos anticlericales que están organizados y se han movilizado para impedir concesiones y prerrogativas a la avidez política de la jerarquía mexicana. La polémica reforma constitucional, en específico sobre la libertad religiosa, ha desnudado no sólo el entreguismo eclesial de estamentos de la clase política mexicana, sino el levantamiento opositor de diversos sectores y actores de la sociedad mexicana. Efectivamente, ante el creciente clericalismo, es decir, la ambición y el comportamiento descomedido del alto clero, de presión política para imponer privilegios y convicciones al resto de la sociedad, surge una nueva forma de anticlericalismo. Aparecen nuevos actores y comportamientos de rechazo a las aspiraciones de poder e invasión eclesiástica al ámbito de la política pública, del Estado y de la sociedad civil. Si en el siglo XIX el anticlericalismo lo encabezaban liberales, masones y ateos, en los inicios del XXI se han sumado, con motivaciones diversas, grupos heterogéneos como colectivos de mujeres, homosexuales, activistas de derechos humanos, académicos, católicos progresistas y diversas iglesias cristianas y paracristianas. En ese sentido, por ejemplo, sorprende el decidido activismo que ha asumido públicamente la Iglesia Luz del Mundo.

¿Qué ocurre a los mexicanos?, se preguntan en Roma. Siendo un pueblo tan católico, guadalupano, y que cuenta desde hace más de 10 años con gobiernos afines a la sensibilidad de la Santa Sede. Es claro, los monseñores romanos no alcanzan a comprender, ni siquiera los prelados mexicanos, que el afán muchas veces burdo de la jerarquía mexicana por usar el poder público para posicionar su agenda ha provocado el retorno del anticlericalismo. El viejo anticlericalismo ha despertado y cuenta ahora con nuevos aliados seculares e iglesias que enarbolan nuevas tramas y reclamos ante los excesos de la jerarquía católica. Los conceptos clericalismo y anticlericalismo aparecieron en Francia hacia 1850. Las expresiones provenían de los liberales que reprochaban la intencionalidad política de las autoridades del segundo imperio, buscando el apoyo político de los obispos. Estamos bajo el reinado de Pío XI, pontífice de 1846 a 1878, autor de Syllabus o la colección de los errores modernos; es el papa antimodernista que abanderó la intransigencia católica. Hay otros autores que datan el anticlericalismo en los movimientos de reforma y surge de las filas del propio cuerpo eclesial. El anticlericalismo moderno nace rechazando la alianza entre el clero y el poder. René Rémond, destacado politólogo francés, en su clásico ensayo L’anticlericalisme en France (Fayard 1976) define clericalismo y anticlericalismo como dos conceptos que marchan de la mano en la historia del catolicismo; el clericalismo supone la existencia de una casta de clérigos que utilizan su autoridad religiosa como herramienta de presión espiritual para someter a los gobiernos a su voluntad. Es clerical el recurso de los canónigos para imponer a todos, al poder secular como al Estado, las creencias, las doctrinas y la conformidad con las normas morales dictadas por la autoridad religiosa.

El mismo papa Benedicto XVI, en torno al caso español, ha trazado una discutible línea de continuidad entre el viejo anticlericalismo decimonónico y el actual laicismo. En su viaje a España, sostuvo: “Es obviamente cierto que en España también nació un laicismo, un anticlericalismo, un secularismo fuerte, agresivo, como lo vimos en los años treinta. Y esta disputa, este enfrentamiento entre fe y modernidad se realiza hoy de nuevo de modo muy vivaz en España”. Si el viejo anticlericalismo mexicano era esencialmente político, marcado por una fuerte disputa por el poder económico y político, el nuevo anticlericalismo incorpora inéditas sensibilidades de rechazos, como la pretensión de la Iglesia de imponer su visión moral en ámbitos de la vida cotidiana y de la sexualidad; por ello la defensa de la libertad de conciencia por encima de la libertad religiosa; el cuestionamiento a la falta de equidad y trato privilegiado que recibe el alto clero católico y el polémico apartado de limitar la religión al ámbito privado son parte de una nueva agenda. Mientras los viejos anticlericales se conforman con someter a derecho los afanes católicos, establecer una clara separación entre Estado e Iglesia y fortalecer el laicismo del Estado, el neoanticlericalismo incorpora sensibilidades propias de una sociedad diversa y plural.
Sería un error equiparar el nuevo anticlericalismo con anticatolicismo. No se trata de una persecución religiosa, como quieren sentir algunos actores, emulando las gestas cristeras de martirio. La religión no es el enemigo ni mucho menos el catolicismo. Es el rechazo al comportamiento desmedido y poco religioso de algunos miembros del episcopado. Las torpes intervenciones de los cardenales que propician “choque de trenes” y luego se declaran mártires de supuestas persecuciones e intolerancias laicistas. Son los testimonios de obispos como Onésimo Cepeda, congraciado entre las elites, cuya misión y comportamiento se asemeja más a un grupo de presión faccioso que a una autoridad espiritual. El anticlericalismo, es importante destacarlo, no sólo proviene de actores seculares, sino el sector más radical proviene de la propia comunidad de creyentes católicos.

La secularización en el mundo moderno es un proceso histórico en el curso del cual los diversos ámbitos de la vida humana como: concepciones, costumbres, formas de sociedad, política, economía, educación, derecho o la totalidad de los mismos dejan de estar determinados por lo religioso. Las creencias dejan de ser el eje central por las cuales se organiza y sustenta la vida de la sociedad. Desde hace algunos años se observan las implicaciones culturales de la ideología anticlerical, como desencuentro de un tipo de sociedad plural que ha venido mutando roles, en especial cuestiones relativas a la mujer, a la construcción de diversas formas de familia y a la propia sexualidad. El nuevo anticlericalismo no sólo es una reacción a los afanes de poder de la Iglesia, sino la expresión de un fenómeno cultural más vasto y del reconocimiento de la secularidad propia del mundo moderno. Es una disputa por definir el ámbito de lo público y lo privado, es este doble fenómeno, la utilización del Estado y la invasión de la esfera privada en un desacuerdo respecto de las relaciones de poder. En suma, el nuevo anticlericalismo tiene mucho más fondo que el que aparenta.

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