jueves, 14 de octubre de 2010

La suerte del PRD está decidida. Miguel Ángel Velázquez.

Ciudad Perdida

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Una reunión entre Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador en fechas recientes dejó sin pizca de oxígeno a ese organismo.

Recuperar al PRD, rescatarlo, es el acuerdo al que llegaron los dos más importantes líderes de la izquierda mexicana. A ese partido en manos del chuchismo-camachismo, a decir de su militancia, ya no le queda nada, apenas el grupo dirigente, es decir, la manipulación de los órganos de decisión, que poco o nada tienen que ver con la inmensa mayoría de los perredistas sin cartera.

Por eso el acuerdo que se ha ido construyendo entre Cárdenas y López Obrador va en el camino de sacar a los entreguistas del partido. La tarea no se considera difícil porque nadie, o muy pocos, acompañarán con su voto las alianzas, o cualquiera de las formas que inventan Jesús Ortega y Manuel Camacho para dejar el paso libre a la derecha, que esta vez tiene como candidato al gobernador del estado de México, Enrique Peña.

Cárdenas y López Obrador saben eso, tienen claro que la alianza en el estado de México es una farsa. Ni el PAN ni el PRD tienen un candidato que pueda enfrentar a la maquinaria de Peña, pero tienen el pretexto preciso para legitimar cualquier acción, por turbia o ilegal que realice el PRI en esa entidad: la alianza.

El panismo perdió su fuerza. El llamado corredor azul que estuvo en sus manos cambió. El PRI les ganó en Tlanepantla, Atizapán, Naucalpan y Cuautitlán Izcalli, es decir, está desfondado, y no tiene con quien responder. El PRD, aun con la clientela que asegura tener ADN, ligada a Ortega, no alcanza a rescatar ni un solo municipio, así que digan lo que digan la alianza, ya desde ahora, lo saben todos, es un fracaso que solo beneficiará al PRI.

Por eso, ahora la postura de los dos –Cárdenas y López Obrador– puede dar un giro fundamental al partido. Si desde el chuchismo-camachismo se han roto todas las reglas del perredismo, sacarlos del partido será algo que la militancia demande. Cocinar las formas es lo que aparentemente falta, pero eso es muy poco. Lo principal es el disgusto de las bases perredistas, por la traición a los principios, por el corrimiento a la derecha, por todo lo que significa Nueva Izquierda.

Hasta donde se nos informa ya se tiene al sustituto de Ortega; en este caso sería el ex gobernador de Michoacán, el hijo de Cuauhtémoc Cárdenas, Lázaro, quien conjuntaría los esfuerzos de todas las corrientes de ese organismo y, hasta donde se sabe, no habrá oposición para esa candidatura que terminaría con la etapa más negra del partido.

Tal vez por eso, se diga lo que se diga, Marcelo Ebrard decidió pensar un poco más su apoyo a la farsa. Con mucha razón el jefe de Gobierno condiciona su apoyo a la alianza: primero quiere saber quién será el candidato, aunque tiene claro, muy claro que la caballada está famélica, y esto para la gente del PRD es un signo inconfundible de que la alineación PAN-PRD nacerá muerta.

Hay tiempo suficiente para que Ebrard, antes que desligarse de Cárdenas y López Obrador, ponga en la balanza los problemas que le traerá ir contra la gente que de verdad tiene los ojos puestos en un PRD recobrado, porque lo otro, apostar por el fracaso, sería su suicidio.

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