sábado, 5 de diciembre de 2009

Tomar el poder político y construir el poder social

Víctor M. Toledo
Conforme nos acercamos al fatídico 2010, aumentan las elucubraciones y el imaginario colectivo se llena de supuestos signos que presagian el inicio de una transformación radical del país. Esta creencia, tan individual como colectiva, se ve favorecida por una sucesión de eventos (la agudización de la crisis) que parecen confirmar el carácter mágico de la historia de México.

Siempre atento a los acontecimientos nacionales, Arnaldo Córdova dedicó su reciente entrega (La Jornada, 29/11/09) al esclarecimiento y definición de lo que se avecina, intentando desterrar “los fantasmas y dogmas que pueblan el imaginario de izquierda”, ilustrando de paso lo que nítidamente se ve desde la politología convencional. Córdova se pregunta: ¿cómo se puede luchar por el poder?, y tajante responde que solamente existen dos vías: la lucha armada o la vía electoral. Este dilema, proveniente de una perspectiva ortodoxa, resulta demasiado estrecho. Resistencias, batallas y proyectos derivados de la ecología política nos ensanchan la mirada e introducen nuevos elementos de enorme valor político en un escenario de crisis.

La ecología política parte de que el capital (la causa última de todas las desgracias del mundo contemporáneo) no sólo destruye y explota el trabajo humano, sino el de la naturaleza. Esta premisa ha sido resultado de por lo menos cinco décadas de enfrentamientos con esta doble irracionalidad: desde las resistencias de los “verdes” alemanes, estadunidenses y franceses hasta el “ambientalismo de los pobres” en India, Brasil o México. La premisa nos lleva de la mano a otro principio: no se puede remontar la explotación social sin abolir la explotación de la naturaleza y viceversa. Por ello en las principales resistencias y batallas por un mundo diferente, cada vez se hacen más indistinguibles las demandas sociales de las ecológicas.

La ventana se abre, y se expande la esperanza, en función de las siguientes “innovaciones”. La primera es que hoy día resulta improcedente hablar de las crisis nacionales por fuera de la crisis global, es decir, de la crisis de la civilización industrial. Los tres siglos de industrialización capitalista, fincada en el mercado y en la innovación científico-tecnológica, que crearon el “mundo moderno”, lograron avances espectaculares y llevaron alivio, progreso y seguridad a una parte de la especie, pero no han podido integrar a la mayor parte de la humanidad, y sus efectos sobre el balance ecológico del planeta han alcanzado un nivel de riesgo global sin precedente.

La segunda es que el mundo social se entiende mejor cuando lo vemos como una batalla permanente entre tres poderes: el político (partidos y estados), el económico (empresas, corporaciones y mercados) y el social (comunidades, cooperativas, sindicatos, gremios).

Ya desde hace más de cuatro décadas la crítica eco-política se orientó a develar el carácter perverso tanto del “comunismo” (la predominancia del poder político) como del “capitalismo” (la del poder económico) en detrimento del poder civil o ciudadano, y a mostrarlos como dos simples variantes de la civilización industrial.

Hoy hablamos de construir una sociedad sustentable, no socialista, por muy verde o ecológica que se conciba. La ecología política se sitúa muy por delante de todo el pensamiento de izquierda, en tanto éste ignora o soslaya la tercera fuente de poder (lo civil o ciudadano) y es ciego a la llamada por O’Connor “segunda contradicción del capitalismo”: la destrucción de la naturaleza, fuente primera y primaria de todo metabolismo social.
Dar lugar a una sociedad sustentable es construir el poder social, que ha sido devastado tanto por el poder económico como por el político, cada vez más subordinado al primero (sólo hay que pensar en Berlusconi, Bush o Fox, empresarios convertidos en presidentes) en la era neoliberal.

La construcción del poder social comienza en la familia, en la edificación de un hogar autosuficiente, seguro y sano, que comparte con muchos otros una misma “micropolítica doméstica”. Ello se logra implementando acciones en alimentación, salud, vivienda, agua, energía, ahorro y crédito, todo lo cual surge de la toma de conciencia, ecológica y social, de los miembros de la familia. Implica un cambio de actitudes y la adopción de una nueva filosofía política que busca al unísono la transformación del individuo y la metamorfosis de la sociedad. En el caso de la alimentación se trata de alcanzar el autoabasto de alimentos sanos, nutritivos y producidos bajo esquemas ecológicamente adecuados (agricultura orgánica), o su obtención de redes y mercados solidarios, justos y orgánicos. El hogar debe buscar también la autosuficiencia en agua y energía, mediante tecnologías adecuadas, limpias, baratas y seguras, que harán obsoletas las compañías, públicas o privadas, de electricidad y de agua.

Hoy millones de ciudadanos en el mundo se dedican a construir su poder doméstico, que es la forma más obvia y directa de construir el poder social, y la más efectiva de enfrentar las amenazas a la supervivencia provocadas por el monstruo industrial (contaminación de alimentos, agua y aire, fin del petróleo, cambio climático). Este nuevo panorama, revelado por la ecología política, introduce un nuevo elemento al dilema de Córdova y da nuevo aliento a la resistencia: ya no se trata de buscar solamente la toma del poder político sino, al mismo tiempo, de construir el poder social. Y este “juego de dos pistas” que se complementan eleva la potencia política en varios órdenes, y hace de los tiempos “no electorales” tiempos vivos y llenos de creación.

¿Podemos imaginarnos a los 2.4 millones de afiliados al movimiento de López Obrador organizando el poder ciudadano desde sus hogares, con sus vecinos y/o sus comunidades, con la ayuda técnica de universidades y tecnológicos, y en permanente sintonía con las luchas sindicales, las redes civiles de abasto y crédito, los proyectos de sustentabilidad comunitaria rural, y las resistencias ambientales urbanas de todo el país? Construir el poder ciudadano mientras se aspira a tomar el poder político parece ser una fórmula prometedora porque erosiona los poderes fácticos de manera doble. Nace así una fuerza que resiste y que arriesga, que se contrae y que se expande. Una fuerza que, bien comprendida y ejecutada, está llamada a remontar la doble crisis a la que nos enfrentamos todos los habitantes del mundo del siglo XXI.

Para Arnaldo Córdova

vtoledo@oikos.unam.mx

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