Niños quemados: Cayeron al más hondo de los pozos

Proceso.com

MARCELA TURATI
La víctima mortal número 49 del incendio de la guardería ABC, un niño de tres años siete meses de edad, se produjo el martes 28 de julio en el Hospital Shriners de Sacramento, California, después de batallar durante casi dos meses, junto a sus padres, para conservar la vida. De los 75 pequeños que sobrevivieron tras la conflagración, ya sólo quedan 14 hospitalizados, y varios de sus familiares, destrozados por el dolor y la rabia, refieren a Proceso las luchas que han debido enfrentar para darles buena atención y no dejarlos en manos de uno de los principales causantes de la tragedia: el Seguro Social.

SACRAMENTO, California.- Juan Carlos Rascón Holguín nunca más chocará la palma de su mano contra la de su papá, como lo hacían algunos días al despedirse antes de ser llevado a la guardería ABC. La última vez que lo intentó, en un cuarto de terapia intensiva del Shriners Hospital para niños quemados, Juan Carlos movió milimétricamente un músculo del brazo tratando de responder a la voz de papá que le decía "chócalas" con el fin de hacerlo reaccionar.

Todo el tiempo que estuvo inconsciente, su mamá y su papá le cantaban, le repetían cuánto lo amaban, le hablaban de su hermanita.

El pasado martes 28 no intentó más, con la ayuda del respirador, llenar sus pulmones congestionados de hollín. No se esforzó por jalar aire a través de la tráquea quemada. No pasará otra operación para estrenar una piel nueva que, quizás, otra vez rechazaría. Ni recibirá más fármacos contra el dolor del cuerpo quemado.

Juan Carlos se convirtió en la más reciente víctima mortal del incendio de la guardería ABC, de Hermosillo, la número 49. Falleció a pesar de su empeño por vivir, que dejó admirados a quienes lo atendieron hasta el final.

"El doctor nos dijo: 'Haga de cuenta que (los niños quemados) cayeron en un pozo muy profundo, y el más hondo de todos: por cada dos pasos que dan para salir, resbalan uno'. Ni un adulto lo hubiera aguantado, pero él va a salir", dijo Rosa Elia, su mamá, dos días antes de la muerte de su hijo. Ella y su esposo Juan José habían mentalizado que su niño podría seguir, hasta fin de año, en terapia intensiva y pasar otro lapso en rehabilitación.

Era sorprendente cómo el pequeño de tres años y siete meses había logrado escalar aquel "pozo profundo" en el que cayó junto con otros 75 compañeros sobrevivientes del incendio.

En la recepción del Hospital Shriners, antes de la muerte de Juan Carlos, sus padres contaron la historia de su pequeño que, pasadas las 2:30 de la tarde del 5 de junio, dormía una siesta en el salón C-1, pegado al almacén de papeles del gobierno de Sonora, donde empezó el fuego.

A él lo rescataron de la peste tóxica por uno de los boquetes que los vecinos abrieron ante la falta de salidas de emergencia. Su mamá lo vio pasar disfrazado de hollín, en brazos de un policía que le dio respiración. Iba con los ojos abiertos. Se lo llevaron en una patrulla. Y su madre, en shock, no pudo decir que era su hijo.

Siete horas tardó su vía dolorosa de hospital en hospital, buscándolo. A las 10 de la noche lo encontró. Era otro. La hinchazón por las quemaduras le había transformado los rasgos. Otras mamás aseguraban que Juan Carlos era su hijo, y Rosa Elia argumentaba que era el suyo porque "tenía los dedos chiquitos del pie dobladitos" y tres granitos en la panza que la noche anterior había untado de pomada.

Desde el principio los médicos le dijeron que se convulsionaría por el tóxico acumulado y tanta quemadura. Pero él aguantó esa y más noches, y hasta un vuelo a Estados Unidos que los papás consiguieron después de armar un escándalo ante la prensa, porque los funcionarios del IMSS obstaculizaban su traslado.

"Nos dijeron que lo iban a mandar a Guadalajara; pensamos que a un hospital especializado, pero cuando nos enteramos que era a una clínica del Seguro, dije: ¡claro que no, menos ahí!", comentó Juan José, el papá treintañero.

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